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La abuela no quiere que llueva
Otoño de 2006, Torrefrades. La señora Estefanía, de ochenta y tres años de edad, se levanta muy temprano, prepara el café y adecenta la casa. Al rato, se sienta sobre su coqueta sala de estar y aprovecha la luz que entra por la ventana para hacer ganchillo o remendar el pantalón de algún biznieto.
Hace tiempo que renunció a vivir en la capital con alguno de sus hijos, el motivo, simple. Quiere vivir en su pueblo, su pueblo es su vida y le gustaría pasar sus últimos días allí. Su razonamiento es totalmente justificado “no necesité emigrar en la posguerra, cuando había hambre, ¿Por qué hacerlo cincuenta años después cuando gozo de buena salud, tengo la vida resuelta y tres hijos bien situados?”.
Tras el rato entregado a sus labores, Estefanía se levanta, se abriga y camina a paso tranquilo hasta la tienda de Alonso. Sabe vivir con poco, pero el pan y algún capricho para las visitas de fin de semana no faltan en su cesta de la compra.
Avanza el Otoño, y con él la temporada de lluvias. Tras varios días de precipitaciones los campos sayagueses yacen empapados, empachados de un agua que meses atrás brillaba por su ausencia. El amarillo trigueño es ahora verde asturiano, sin embargo, los inmensos ojos azules de la señora Estefanía se tiñen de lágrimas. Dolor y preocupación, porque si llueve, no puede salir de casa.
La causa nace años atrás. Una obra de cimentación mal ejecutada, provoca que el agua que debería correr hacia un sumidero, se acumule en la puerta de su casa, inundando también el corral y condenándola a vivir encerrada entre cuatro paredes hasta que el cielo aclare y seque el pavimento.
Triste pero cierto. En pleno siglo XXI, en plena era de la información y el conocimiento, cuando las telecomunicaciones nos permiten hablar con seres a miles de kilómetros de distancia y tenemos acceso a todo tipo de datos y productos, una persona en Sayago corre el riesgo de quedar “encerrada” si, de repente, caen cuatro gotas.
Y me meto en la piel de la señora Estefanía. Si fuese ella, me traería al fresco el estallido de la burbuja inmobiliaria, el aumento de la delincuencia en las calles o los atascos de la nacional VI. También pasaría de las elecciones municipales de Mayo, de las promesas de alcaldes y candidatos, y de las obras ejecutadas a toda prisa con tal de cortar una cinta y echarse cuatro fotos para figurar en las portadas.
Espero y deseo que la señora Estefanía, como buena demócrata, pueda ir al colegio electoral a ejercer su derecho al voto. Eso sí, si el tiempo no se lo impide. |