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Un franco, catorce pesetas
Un viernes cualquiera de una semana cualquiera. Enciendes la caja tonta y entre el barullo de anuncios, programas rosa y demás basura, aparece un largometraje que llama tu atención. Preparas algo para cenar, te sientas, y cuando te quieres dar cuenta, has pasado hora y media sumergido en una historia entrañable.
Carlos Iglesias, actor madrileño conocido por su papel en la teleserie Manos a la Obra, debutó en 2006 como director de la película Un franco, catorce pesetas. El film, discurre entre un lúgubre sótano de la capital del Reino y el verde de las colinas suizas: paisajes antagónicos que sirven de hilo conductor de una historia de inmigración, amor, lucha, picaresca y alguna pincelada de humor negro.
En esta pequeña obra de arte, se presenta la cruda realidad de la España de los años sesenta: un país de economía frágil, donde se malvivía con cuatro perras y con escasísimas perspectivas de futuro. Es ahí, cuando los protagonistas, amigos y residentes en un barrio de Madrid, deciden liarse la manta a la cabeza y cruzar los Pirineos en busca de un futuro que no alcanzaban a ver aquí.
Atrás dejan una familia, una tierra, unas costumbres y se adentran en un terreno tan bello como desconocido. Una referencia en un papel es su única brújula y, finalmente, un coqueto pueblo les acoge y les da un empleo digno y bien remunerado. Agua caliente, colchones mullidos, transportes eficaces, seriedad en los pagos y respeto al diferente, es lo que encuentran en Suiza. Un país que, por aquellas fechas, vivía dos generaciones por delante de la maltrecha España de posguerra.
Un franco, catorce pesetas es la historia personal del director llevada al cine. Una autobiografía similar a la de muchos sayagueses que, en los años sesenta, dejaron atrás su pueblo, su familia, su vida… con la promesa de un contrato de trabajo y unas condiciones de vida mejores. Muchos marcharon siguiendo la llamada de una Europa próspera y regresaron con sus Citroën Tiburón y los maleteros cargados de radiocasetes y demás ingenios.
Manolo, Pepe, David, Domingo… son, cuarenta años después, los Nelson, Mohammed, Bogdan, Suhey que ahora pululan por nuestras calles en busca de una oportunidad. Ellos, a diferencia de los españoles de posguerra, no suelen traer un contrato sellado en su país de origen pero, en esencia, son iguales. Huyen de la miseria de las aldeas africanas, de la corrupción política en Latinoamérica, de la Europa del Este maltrecha tras la caída del Muro… de un país subdesarrollado necesitado de divisas para tirar para adelante… como la España de los sesenta…
Quizás, el tremendo desarrollo de la piel de toro en estos últimos veinte años nos ciegue y nos haga ver al inmigrante como una amenaza. Con un alto nivel de desarrollo y una economía dinámica (a ratos) solemos mirar al extranjero con antipatía y desconfianza. Pero probablemente, si escrutamos la mirada de cualquiera de ellos, veamos las mismas ganas de comerse el mundo que los sayagueses que hace un rato andaban por ahí buscándose la vida. |