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  Sayago opina. Diciembre 2007.

     Semblanza de un sayagués

     Hola David. Supongo que allá donde estés, te encuentres bien atendido y descansado. Hace mucho que no charlo contigo, pero no te olvido, y tu recuerdo permanecerá siempre en lo más profundo de mi corazón.

     Si, ya sé lo que me vas a decir, que no lo mereces, que siempre fuiste un poco “cuesco”, incapaz de mostrar tus sentimientos, centrado en tus tareas, tu trabajo, tu ganado, tu partidita de cartas en Casa Amalia...

     ¿Sabes? Echo muchísimo de menos los veranos que pasábamos contigo, cuando íbamos a patatas y nos regañabas porque las entoñábamos o pisábamos el “suco”. También cuando de anochecida, íbamos a por leche a tu tenada, y te pillábamos charloteando con tus animales, mientras los ordeñabas o les dabas de comer su ración diaria.

     También recuerdo aquellas Navidades, en que accediste a que te hiciera un reportaje fotográfico para la facultad. Te costó, me dijiste mil veces que no, que “pa qué vale eso”… pero a la mañana siguiente, te acercaste a mi cama, y me despertaste para que te acompañara. Ahí pude ver tu mundo, tu rutina, tu vida… única. Ahí entendí por qué tenías esas manos, oscuras por el sol, pétreas, fuertes, acostumbradas al trabajo, a la vida sacrificada. Y pude ver tu sonrisa, inmensa, llena de matices, pura, auténtica...

     Tus manos, tu andar quebrado, eran símbolo del esfuerzo, de lo durísimo que es trabajar en el campo… tantas veces te dijimos que pararas, que estabas jubilado, que tenías tu paga, tu futuro más que resuelto… y nos mirabas extrañado, con la superioridad que da la experiencia y la intuición del hombre de campo, incapaz de entender la vida de otra forma. No sé si reparaste en este detalle, pero cuando estabas enfrascado en tus tareas, levantabas la vista y sin hablar, nos decías “soy feliz así, nunca me veréis en casa sentado viendo la tele, viendo pasar las horas, lo mío es el campo, la libertad de respirar el aire puro de la mañana”, ¡qué razón tenías!

     Pero llegó la enfermedad, una noche de invierno, sin avisar… ¡qué perra es la vida tío! Idas y vueltas del hospital, para nada, el destino estaba escrito, tu guión se acababa, te ibas. Aún así, mes y medio antes, ajeno al ocaso, se te podía ver segando en el terreno anexo a tu tenada, con fruición, con rabia, como si intuyeras que era la última vez.

     Y te fuiste, un 27 de Julio, el mismo día que el abuelo pero 25 años después, como una premonición… Ese día, se apagaba definitivamente la vida de un sayagués de pro, sacrificado por entero a su trabajo, que emigró a Suiza y regresó añorando lo suyo, preocupado por conservar el modo de trabajo de sus ancestros: la trilla con burras, la siega, el arado romano, el carro de bueyes...

     Aún recuerdo el día que te fuiste porque, al caer la tarde, los campos de Bermillo lloraron por primera vez.

     A todos los sayagueses que nos leen, FELIZ NAVIDAD. 

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