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De guías turísticas y papeles quemados
Diez de Julio de 2007, bajo la cúpula de la Estación del Norte cae un sol de justicia. El anteayer centro de transporte de pasajeros procedentes de zonas meridionales y equivalente madrileño a un puerto en el Cantábrico, es ahora un modesto apeadero de vagones de cercanías y lugar de paso de algún que otro mercante despistado.
Llega el expreso de Villalba que, pasados treinta segundos, parte rumbo a la Estación de Atocha. En el andén, deja un reguero de hombres grises, excelentemente trajeados y con cara de velocidad. Al fondo aparece Michelle, americana de Denver que, ajena al bullicio, camina lentamente, fatigada por el calor, pero esbozando una amplia sonrisa.
Me planta dos besos y me suplica un café con aire acondicionado. Es mi profesora de inglés, de paso por España, que me da clases a cambio de una modesta paga y alguna que otra tortilla de patata.
Ya sentados en la cafetería, observo que Michelle trae en su mochila un libro de lomo ancho en cuyo título reza “Guía Turística 2004. España y Portugal”. Le propongo hablar en inglés sobre el texto, y me abalanzo sobre el índice en busca de algún rincón sayagués que descubrirle.
Cual es mi sorpresa cuando tras dos concienzudas revisiones, observo con resignación que los autores del libro se han pasado por el forro los Arribes del Duero, el Puente Pino o el conjunto histórico de Fermoselle. Con mayor enfado aún, sigo sorprendiéndome al ver que los autores olvidan citar otras zonas de Zamora: como Sanabria y su lago, las Lagunas de Villafáfila o la Colegiata de Toro. Pero lo más morrocotudo es que dedican dos páginas a la capital de nuestra provincia en una sección denominada “near Salamanca” (en cristiano, cerca de Salamanca). Vamos, como si la capital del románico, la ciudad de las siete murallas, fuese una mera sucursal de la capital charra.
De todas formas y con todos los respetos para mi amiga, ¡qué vamos a esperar de los yanquis si muchos de ellos sitúan a España en Centroamérica! Pero no culpemos sólo a los extranjeros, demasiado tienen ya encima. Quizás este tipo de detalles nos hagan ver que, a pesar de tener importantes recursos naturales y un patrimonio etnográfico único, faltan muchos esfuerzos en promoción para que Sayago comience a tener peso en los circuitos turísticos.
Por lo pronto, Michelle se viene con mi novia y conmigo a pasar unos días a Bermillo. Seguro que se lleva para su país una grata impresión de Sayago y sus gentes. Eso sí, si no se entera que algunos (o algunas) de los nuestros se dedican a quemar folletos y libros con retazos de nuestra historia, porque, como decía el sabio, “para que los demás te aprecien, empieza por amarte a ti mismo”.
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