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Tras la calle sin nombre
Sales de casa de abuela y giras a la derecha. Avanzas por la calle sin nombre y al final se abre un pedazo de cielo ante tus ojos.
Te apoyas sobre el muro de piedra vencido por el tiempo y, sin temor a morir sepultado, te sientas. Da igual el frío de invierno o el bochorno de verano porque estás relajado, tu móvil no suena, los pájaros cantan, prendes un cigarro y te dedicas a observar.
Frente a ti, la inmensidad de la naturaleza en estado salvaje. Las paredes de piedra, impertérritas, separan tierras que dejaron de tener labor. Piedra sobre piedra, granito puro, desuniendo campos que sirven de pasto a vacas y ovejas.
Por la noche todo cambia, junto al sonido de las hojas de los árboles agitadas por el viento, puedes oír los pasos de un tejón o deslumbrarte con el brillo de las pupilas de un zorro. Pero no tienes miedo, porque vuelve el día, y si es invierno, todo está pintado de verde, verde oscuro, verde salpicado por las rocas de granito, inmensas, color ceniza, tiznadas del negro del musgo marchitado por la escarcha. Huele a mojado, y pisar sin acierto puede hacer que tus zapatos se manchen de barro.
En Verano, recostado sobre la pared, puedes escuchar a los niños chillar y reír… han pasado casi veinte años pero rememoras esos momentos como si fuera ayer, subido a la bici, emulando a los ciclistas de los ochenta o corriendo junto a tus primos en una tarde de estío, tarde que nunca acaba, que se resiste a dejar paso a la noche.
También recuerdas sonriente la zona de acampada que habilitasteis a pocos metros, escondida entre la maleza, refugio de los primeros escarceos amorosos con algún ligue de verano o confidente silenciosa de las ceremonias de iniciación en los típicos ritos de la adolescencia…
Ahora vas y casi nunca te paras, no miras a tu izquierda para contemplar las antiguas casas de labor ahora transformadas en garajes, tampoco ves más allá del huerto de “la francesa”, antes plagado de manzanas y peras y ahora marchito, pero lleno de encanto.
No te paras, pero en ocasiones, tu mente se sitúa en ese lugar. La viva imagen de las líneas geométricas de las cortinas, salpicadas de robles y zarzales te calma… imaginas la tierra amarillenta de agosto, el olor a mies y el atardecer, creando una paleta de colores plagada de matices digno de las pinturas de Canaletto en Venecia… y los nidos de cigüeña al fondo… como cúpulas de rascacielos que quieren acariciar el horizonte...
El lugar está en Bermillo, tras la calle sin nombre. |